Antes de convertirse en una figura incómoda para el barcelonismo, el técnico portugués se abrió camino en el vestuario y despertó la simpatía de la prensa deportiva catalana.
Había llegado al club en 1996 junto a Bobby Robson, pero rechazaba quedar encasillado como simple traductor. Con los años, José Mourinho marcaría la rivalidad con el Real Madrid desde el banquillo blanco. Hoy, su pasado azulgrana conserva otra imagen: la de un ayudante apreciado por sus ideas y por la prensa catalana, que le dio un apodo inesperado.
Mourinho se resistía a la etiqueta de traductor
En 1996, José Mourinho aterrizó en el Barça con 33 años junto a Bobby Robson. El técnico inglés había trabajado con él en el Sporting de Portugal y el FC Porto, y propició su llegada al Barcelona. Allí Mourinho ejerció como asistente de Bobby Robson, estudió partidos, diseñó entrenamientos y aportó ideas propias más allá de servir de intérprete.
Aquella actividad quedaba oculta tras un calificativo que él nunca aceptó. Según contó Marcos López a Sport, Mourinho rechazaba la etiqueta de traductor porque desdibujaba su trabajo dentro del cuerpo técnico. La traducción correspondió primero al periodista Graham Turner y después a Txemi Terés; al portugués le interesaba que se viera su aportación futbolística al lado de Robson.
Le molestaba mucho que lo llamaran traductor, porque esa función la desempeñaba inicialmente el periodista Graham Turner y después Txemi Terés.
Marcos López, entrevistado por Sport
«Chico Martini», un guiño cómplice de la prensa catalana
Antes de ser el adversario del Barça al frente del Real Madrid, Mourinho era una figura cercana para los cronistas catalanes. Lo llamaban «Chico Martini» por su parecido con el protagonista de una publicidad de Martini, reconocible por su elegancia y aire seductor. Santi Giménez recordó en Sport que el apodo nació entre quienes seguían a diario al equipo.
Las conversaciones sobre fútbol no terminaban en el campo de entrenamiento. Mourinho coincidía con reporteros en los mismos locales, y aquella complicidad con los periodistas hacía que el sobrenombre sonara a broma compartida, no a burla. Lo aceptaba con humor y pasaba el pulgar por el labio inferior, como en el anuncio.
¿Qué impresionó a Guardiola y Luis Enrique?
En el vestuario, Mourinho dejó de ser visto como el acompañante que traducía a Robson. Sus informes incluían un análisis de los rivales que permitía anticipar movimientos y ajustar respuestas concretas durante las sesiones de entrenamiento antes del partido. Luis Martín, citado por Sport, recuerda que los jugadores quedaron sorprendidos por sus conocimientos futbolísticos, lejos de la imagen de mero intérprete.
No se conformaba con entregar informes antes de cada partido. Llevaba sus conclusiones al entrenamiento, donde la preparación táctica del plantel incluía ensayos para neutralizar al rival; Guardiola y Luis Enrique atendían a cada detalle. Guardiola se enfrentaría al Madrid de Mourinho como técnico azulgrana; Luis Enrique entrenaría al Barça años después, cuando aquel duelo ya pertenecía al pasado.
Este tipo sabe de fútbol.
Luis Martín, citado por Sport
Van Gaal también le dio una oportunidad en el banquillo
En 1997, Louis van Gaal llegó al Barça y examinó el trabajo del ayudante que había heredado de Robson. Decidió mantener a Mourinho en su equipo, donde prosiguió su formación con Louis van Gaal sin perder espacio para proponer ideas. El neerlandés llegó a confiarle la dirección del primer equipo en un encuentro oficial, gesto de confianza para Mourinho.
En marzo de 1998, Mourinho ocupó el banquillo azulgrana ante el Lleida. Fue en la Copa de Cataluña, con el aval de Van Gaal y todavía lejos de la figura que años más tarde dirigiría al Real Madrid frente al Barça. Trece años después de salir del Madrid, aquel trato cercano en Barcelona contrasta con su papel posterior como antagonista azulgrana.